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La comida de las chinches

Comidas, vida social y vida familiar de las chinches.

Las chinches tienen la vida social. Pero ésta adopta formas distintas a las nuestras. Las comidas son entre las chinches asunto estrictamente personal del individuo, que no suele preocuparse en particular de sus camaradas.

Al igual que las pulgas, también las chinches de ambos sexos son chupadoras de sangre. Los machos son, por la regla general, más delgados que las hembras y no son tan ansiosamente voraces. Mientras que la hembra, en el curso de una comida, puede ingerir una cantidad de sangre que se corresponde al doble de su peso corporal, el macho chupa, en el mejor de los casos, una cantidad equivalente a la de su propio peso.

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El hecho de que esa considerable cantidad de sangre tenga que ser ingerida en el transcurso de unos diez minutos es tanto más notable por cuanto el pico es de construcción notablemente fina. El pico de una chinche común posee un diámetro quinientas veces menor que la más fina de las agujas de una jeringuilla hipodérmica.

Les gusta de reunirse en hordas para descansar en sus madrigueras. Se puede ver a hembras y machos estrechamente apretados, pero tampoco faltan los pequeños en esos grupos. Los pequeños se encuentran en todas las graduaciones de tamaño y tienen exactamente el mismo aspecto de los padres, con la única diferencia de que los más pequeños entre ellos carecen de los muñones alares y los más pequeñitos de todos son de una coloración muy pálida, a menos de que se encuentren repletos de sangre recientemente chupada, que se transparente a través de los delicados cuerpos, otorgándoles pasajeramente un brillante color rojo. ¿Poseen las chinches acaso una vida familiar íntima y algo así como una educación infantil? No, no existe el menor indicio de ello. Esas concentraciones de chinches se deben a que esos animales se van reuniendo en los rincones más idóneos para ellos, quizá también por una cierta complacencia en el olor de los congéneres.

Los escondites preferidos en una casa infestada por las chinches se revelan a la nariz del especialista por el olor típico de sus glándulas productoras de sustancias fétidas, y a sus ojos por las masas de excrementos depositados en ellos, que ensucian la ropa de cama, mueble y las paredes con manchas amarillentas, negras o de color castaño.

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Aquí, al igual que en las grietas y rendijas cercanas, depositan las hembras con preferencia sus huevos, que son pegados a la superficie con una pasta aglutinante que se solidifica al entrar en contacto con el aire y que se excretada junto con los huevos. En las viviendas caldeadas por calefacción central no se interrumpe la reproducción ni en el invierno. A las tres semanas de las puestas los huevos se eclosionan y se aparecen las ninfas que en unas ocho semanas se convierten en adultos y podrán vivir y reproducirse aún muchos meses, en realidad, mucho más de un año.

De esta historia familiar destaca una cosa: entre las moscas, los mosquitos y las pulgas, del huevo puesto por la madre sale una larva, que se diferencia completamente del animal adulto o imago tanto por su forma como por su modo de vida. Cuando ha crecido, se convierte en una ninfa, y de ésta sale el insecto acabado. Pero aquí emerge ya del huevo un ser con todas las características de la chinche adulta. Es decir, que en las chinches falta el estadio de larva y son insectos que carecen de metamorfosis.

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